ROMPIENDO ESTEREOTIPOS: HANNAH GLUCKSTEIN “GLUCK”

 

A principios del S.XX, desafiando a la sociedad conservadora inglesa, la pintora Hannah Gluckstein obviando su identidad de género acercó la androginia al arte con una elegancia asombrosa, rompiendo estereotipos y roles convencionales tan teñidos en la sociedad victoriana.

gluck medallionHannah nació en Londres en 1895, en el seno de una rica familia judía. Su padre, Joseph Glucktein era propietario de una cadena británica de restauración; su madre, Francesca Halle de origen estadounidense, era cantante de ópera; su hermano Louis se convirtió en un político conservador. Por su trayectoria posterior podemos imaginar cómo se sentía Hannah creciendo en una familia dónde los roles estaban tan marcados,  las ideas tan estancadas y su futuro planeado hacia un provechoso casamiento. Un ambiente en el que se ahogaba y sentía frustrada por no poder desarrollar su proyecto vital.

A los 18 años, en 1913,  Hannah comenzó a estudiar arte en St John’s Wood, una escuela al norte de Londres y centro de arte anglo-francés. Allí encontró su lugar, descubrió su disforia, se aceptó y cambió, cortando su pelo y empezando a vestirse con ropas masculinas. Paseaba por la ciudad con camisas a medida y zapatos de caballero. El descontento  familiar era unánime, su padre pensaba que era una extravagante moda, su madre que había algo torcido en su cerebro; sin embargo ella, y pese a las actitudes de rechazo  que recibía, siguió en el empeño de su individualidad y, no pudiendo reasignarse, suplió la ansiedad, falta de autoestima, irritabilidad y malestar por un empoderamiento intrínseco que manifestó con sus atuendos varoniles.

Hannah, que fue una mujer luchadora y valiente al terminar sus estudios en 1916, conociendo el entorno social y familiar, decidió no volver y se mudó a vivir a una colonia de artistas al oeste del valle de Cornwall, en Larmona, conocida como “Newlyn School”. En su nueva identidad empezó a llamarse Gluck y, pese a su disconformidad,  su familia la apoyó económicamente lo que le permitió tener una vida independiente.

Al poco tiempo abandonó la colonia y se compró un estudio en Cornwall dónde residió sola. En esa época conoció a Romaine Brooks, también pintora de origen italiano a quien gustaba vestirse de hombre. Se dedicaron a autorretratarse y, además de una profunda amistad y respeto, había pasión. En esos años Gluck se convirtió en una afamada retratista y decoradora de interiores que insistía en ser reconocida como tal, “sin prefijo, sufijo ni comillas”, sin que se identificase su arte con su género como tampoco con ninguna escuela artística o movimiento pictórico.

Puesto que a su fama le acompañaba la mejora de ingresos económicos, a finales de los años 20 adquirió una casa más grande en Hampstead. En esos años conoció a la talentosa decoradora florista llamada Constance Spry con quien convivió desde 1932 a 1936. La profesión de su compañera embriagó su obra que, en esos años  dedicó casi exclusivamente a pintar motivos florales, muchos de ellos por encargo de clientes de su amada.

Terminada la relación, en 1936, Gluck conoció a Nesta Obermer, de la que se enamoró. Ella era una dama de la sociedad londinense que había contraído nupcias por conveniencia con un negociante norteamericano. Juntas disfrutaban de la lectura, teatro, conciertos y, inspirándose en una noche que acudieron juntas a la ópera, pintó “Medallion”, dónde aparecen retratadas fusionadas. Dicha imagen se utilizó posteriormente como portada de una edición de “Virago Press”. Gluck sentía que eran un “matrimonio”, pero Nesta ahogada en una relación que consideraba demasiado posesiva decidió abandonarla en 1944.

Ello sumió a Gluck en una terrible depresión de la que logró salir al conocer a Edith Shackleton con quien se fue a vivir a Sussex. En estos años, aunque todavía realizaba retratos, puso todo su empeño en luchar con la cámara de comercio inglesa y los manufactureros de pinturas reivindicando mayor calidad en los materiales en lo que fue una auténtica “guerra de pinturas”. A la par fue nombrada miembro de la sociedad real de artes y le fueron comisariadas varias obras. Junto a Edith estuvo cerca de 30 años. Envejecieron juntas en una relación llena de turbulencias y disfrutaron de exposiciones individuales que tuvieron gran repercusión y que estaban inspiradas en temas relacionados con el amor, la muerte y el tiempo. En 1976 Edith falleció y a los pocos días Gluck sufrió un ataque al corazón del que se recuperó pero dejo prácticamente postrada hasta enero de 1978 que murió.

El último gran trabajo de Gluck fue una pintura de una cabeza de pez en descomposición en la playa titulada” Rage, Rage against the Dying of the Light”

Gluck pintó paisajes, retratos, soldados disparando, arreglos florales,  bodegones, escenas de fiesta, pintó de casi todo y lo hizo con la misma solemnidad y dignidad con que vivió, en una sociedad arrogante y descarada creyente de poseer  el derecho de regular formas de vida y comportamientos. Una sociedad a la que Gluck le plantó cara con su arte y forma de vivir.

Gluck es una de las mujeres artistas que la historia y el feminismo deben visibilizar por su aportación personal y profesional.

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EN EL INTERIOR………..

Edgar Degas es considerado como un pintor impresionista, sin embargo sus escenas interiores cargadas  de crítica social lo apartan de este movimiento artístico y lo acercan a un realismo clasicista de otros maestros franceses como Ingres y Delacroix, su obra “Interior” es muestra de ello.

interior de degasAunque hoy se encuentra en el Museo de Arte de Philadelphia, desde que la pintó en 1868 la mantuvo más de 40 años en su estudio, como si se tratara de un talismán que el mismo autor catalogaba como “su pintura de género”. La obra, en 1912, antes de que falleciera su autor, se rebautizó con otro nombre “La violación”.

“Interior” o “Violación”, la escena resulta perturbadora  e invita a pensar en la violencia doméstica que día a día en silencio viven demasiadas mujeres. La historia de esas dobles personalidades que entre compañeros, vecinos y amigos son cordiales y amables a la par que monstruos en casa, la historia de María:

“Siempre era amable con los vecinos. Siempre daba los buenos días en la escalera o en el ascensor. Siempre una sonrisa cordial. Siempre. Menos en el interior.

Ella se encargaba de tener siempre preparada su camisa por la mañana, y su pantalón, con la raya bien marcada con la plancha. Le preparaba el café con dos cucharadas de azúcar colmada, como a él le gustaba y cuatro galletas que, reblandecidas, terminaban en el poso de la taza. Intentaba servirle con alegría, pero no podía, le faltaba respiración. Él desayunaba  vestido con traje. Ella le atendía con guardapolvo, siempre retirándose el pelo tras de las orejas, siempre quitándose el sudor de las manos en el delantal, siempre haciendo el mínimo ruido para que los niños no se despertaran y él estuviese en paz.

Cuando a las 7.30 cruzaba la puerta para ir a trabajar ella respiraba hondo el aire fresco que entraba. Se maquillaba. Necesitaba varias capas para cubrir alguno de los hematomas que él le dejaba. Tapaba su fealdad y, cubiertos, se miraba con dignidad. Después se peinaba intentando ahuecar su pelo teñido para tapar las canas y la raya.  Se vestía, discretamente, por supuesto. Era un ceremonial diario que terminaba buscando el brillo de su mirada en el espejo, y nunca encontraba.

A continuación levantaba a los niños y, mientras se vestían, les calentaba la leche. A ellos les gustaba caliente. Aunque uno tenía 13 y  otro 15 años, les preparaba unos bocadillos y un zumo para tomarlos en el instituto. Los acompañaba en coche, la costumbre de los años se había convertido en obligación. Aparcaba a varios metros de la puerta, desde dónde veía que sus hijos se alejaban.

A continuación iba a casa de su suegra dónde repetía otro café.  Ella administraba el dinero, de modo que todas las mañanas pasaba para explicarle las cosas que necesitaba comprar y su suegra se lo daba. Agradecida aprovechaba para hacerle las compras a ella.

La consideraba su segunda hija y le repetía constantemente que era muy afortunada porque no le faltaba de nada. Son caracteres difíciles, hija, le decía, aguantan mucha presión en el trabajo, se ocupan de las facturas, de los gastos, es normal que lleguen a casa y exploten. Recuerda que tú eres el ángel de su hogar.

Y se lo creía…… y aguantaba y hasta se sentía dichosa por tener en su vida un hombre que la cuidaba, que la protegía y mantenía. Además, debía aprender el papel para en un futuro ella cuidar de sus hijos, cuidar de sus nueras.

Sin demasiadas prisas, pero sin relacionarse con nadie, acudía a comprar comparando los precios. La mejor calidad al mejor precio, pedir turno en las colas, sonreir  al resto, decir que todos estaban bien, y volver a casa de su suegra, con la compra, con los tickets, conformada. Cuando llevaba solía encontrarse con algunos tapers preparados, con comidas cocinadas por ella, las preferidas de su hijo. Agradecida de nuevo,  se las llevaba.

Así pasaban las mañanas, una tras otra. Así pasaba la vida.

Cargada llegaba a casa, limpiaba el polvo mientras la lavadora rodaba. A medida que se acercaban las 3 se alteraba, con extrema puntualidad era la hora de su llegada, y siempre sentía que le faltaba tiempo para que estuviese todo perfecto. Se ahogaba. Los chicos, que comían en el instituto, llegaban mas tarde.

Cuidadosamente preparaba la mesa. Lo colocaba todo con regla y compás. Platos centrados, cubiertos ordenados, mantel reluciente y servilletas inmaculadas. Llegaba él, lo recibía con su frente esperando un beso que muchas veces reconfortada, no recibía. Se sentaban a comer. A ella le acompañaba el silencio; a él las quejas por sus compañeros de trabajo, por su jefe que no le valoraba, por la facturas que tenía que afrontar. Sentía su desprecio cuando la miraba y despistaba porque sabía que el solo mirarlo era un desafío, el solo mirarlo era motivo para estallar.  Vino de mesa y una copa de cognac ella se encargaba de que nunca faltaran en la despensa, puesto que con una dosis de ambas bebidas dos horas de siesta le garantizaban a ella dos de paz. Mientras él dormía, ella planchaba silenciosamente.

Al despertar, se lavaba la cara, se peinaba y marchaba a tomar con sus amigos. Ella quedaba en casa, preparando algo para cenar, caldeando la casa en invierno y abriendo las ventanas en verano para que refrescara. Esperaba. Intranquila  por lo que se avecinaba, esperaba.

En esas horas aprovechaba para telefonear a alguna amiga.  Ángeles, que lo era desde la infancia, le decía que no había podido aguantar más, que había denunciado a su marido, que lo había pasado fatal en el juzgado pero que ahora era libre, todos los meses recibía algo más de 400 euros y, como no podía pagar un alquiler residía temporalmente en un piso con otras mujeres en similares circunstancias, que los servicios sociales le daban vales para, una vez por semana, ir a las dependencias de un supermercado social. Encarna, antigua compañera de trabajo había tenido más suerte, le permitían quedarse en su casa pero, al tener una orden de alejamiento debía llevar a sus hijas a un punto de encuentro familiar todas las semanas. Las niñas lloraban a la entrada, no querían pasar, tenían miedo, pero ella tenía que callar. Pese a que era administrativa, Encarna limpiaba escaleras para sacar adelante a las niñas. Escuchando las vivencias de sus amigas, Maria, que así se llamaba ella, sentía que era peor el remedio que la enfermedad. Salir de su casa, perder a sus hijos, declarar en los juzgados, mendigar por los supermercados o limpiar escaleras no era mejor panorama que el que vivía. Sabía que no tenía elección, no tenía salida.

A las 10, chisposo, acudía él. Todo preparado y listo, como a mediodía, todo reluciente esperando al dueño y señor. Sin mediar palabra engullía, bebía y María recogía las migajas desparramadas por el suelo y el mantel.  Mientras él veía la tele, ella fregaba, secaba y guardaba en orden la vajilla. Se acostaba vigilante a que él entrara en la habitación. Echada de espaldas y cogida fuertemente a la almohada simulaba dormir. Y entonces sentía su gélida mano en su seno, que apretaba fuertemente. Resignada, se postraba de bruces en la cama esperando a que él la forzara, la penetrara. Jamás había tenido un orgasmo pero sí sabía  el precio de  resistirse. Aprendió a consentir.  Inmovillizada esperaba el último jadeo ronco, repugnante, obsceno, al que estaba acostumbrada. Resoplando se dormía desnudo, ella descansaba cubierta con su camisón.

A las 6.30, sonaba el despertador, María  comenzaba el mismo día…….”

La anónima mujer que aparece en la obra de Degas es María, las muchas Marías que aprendieron a consentir para evitar golpes y trompazos, la de muchos violadores que alegan que no la han forzado a nada.

Con clara superioridad, el hombre, de pie, desafiante y poderoso permanece impasible apoyado en la puerta e impidiendo que alguien entre o salga, con las piernas abiertas mira ácida y desafiantemente  a la mujer, que compungida y semidesnuda, llora. Su gigante sombra lo engrandece más.  Es un espacio cerrado, claustrofóbico, dónde solo se respira miedo y tensión que se transmite al espectador de la escena. La mujer, agredida, esconde su vergüenza a la par que sus prendas robadas están por el suelo. Es la imagen de la culpa, de la indefensión, de la violencia sufrida por la mujer, del abuso ejercido por el hombre.  El reducido espacio incrementa la carga emotiva y dramática al asunto dónde contrasta la cama intacta con el desorden de las ropas, lo que induce a pensar que la vejación se ha producido en el suelo. El hombre vestido, impoluto; la mujer sin apenas ropa, inmunda. La violencia de la obra la acentúa la luz, que lejos de simbolizar esperanza, coloca al hombre en la penumbra e ilumina la espalda desnuda de la mujer. El preciosismo del papel pintado de las paredes se yuxtapone a la agresividad que amedranta. El  silencio de una alma abatida que acepta la necesidad de consentir y su inferioridad, es la protagonista del cuadro.

Siendo un cuadro de época que devela furia por todas partes, revela una realidad que cien años después continúan viviendo las mujeres. El interior, la intimidad de las viviendas son el infierno eterno y diario de muchas mujeres que, invisibles, deambulan por la vida sin escapatoria del maltratador.

 

PATALEANDO EN EL SUELO PEGAJOSO: EL AUTORRETRATO DE MARIA COSWAY

 

Las mujeres somos mayoría en la Universidad, además de ser mayor el número de matriculadas, nuestros expedientes son mejores. Según datos recopilados por la Fundación CYD: “la tasa de idoneidad (porcentaje de titulados en los cuatro cursos que dura un grado) fue en 2017,  del 41,2% para las mujeres frente al 23,7% de los hombres y la tasa de graduación (porcentaje de los que se titulan en cinco cursos, como máximo) era del 55,3% para ellas frente al 37,1% de los hombres”.

Pese a los mejores resultados académicos,   en el ámbito laboral las mujeres padecemos mayor índice de paro, precariedad, contratos temporales, trabajo a tiempo parcial,  ridículas becas, mientras que ellos sufren menos índices de paro, ganan un 10% más, tienen contratos indefinidos y trabajan a jornada completa.  Hay más mujeres entre el alumnado que entre docentes, de cada 100 catedráticos solo 20 son mujeres; de 76 rectorías solo ocupan el cargo 11 mujeres. Los mismos porcentajes se aplican al resto de los ámbitos dónde hay una abrumadora presencia masculina pese a la peor formación y preparación.

maría coswayEn el ámbito de los estudios de género se denomina “suelo pegajoso” a las dificultades que tenemos para abandonar, pese a nuestra formación superior, la esfera doméstica y acceder a la pública, y por ende al espacio laboral. La persistencia de estereotipos de género continúa asignando a las mujeres las responsabilidades del cuidado y la limpieza del hogar impidiendo dedicación al ámbito profesional, a la asistencia a reuniones o eventos de empresa necesarias para progresar en la carrera.

Las mujeres nos incorporamos al mercado productivo sin abandonar  las responsabilidades del hogar y, cuando lo hacemos, somos tachadas de disfuncionales, porque la cultura patriarcal nos ha asignado el rol reproductor ni reconocido ni remunerado.

Las mujeres caminamos por un suelo que nos atrae e impide avanzar, que nos mantiene pegadas a tareas que sobrecargan y que nosotras mismas nos hemos de quitar. Es momento de coger la rasqueta y el disolvente y, como otras mujeres hicieron, impedir el sometimiento que nos impide crecer. Hora de muecas y de enfados ante esta discriminación por razón de género. María Cosway lo hizo, a través de su autorretrato realizado en 1878. Con él  no solo se rebeló,  sino que se retrató  a sí misma transmitiendo su estado de ánimo fastidiada, molesta y crispada aguantando el latazo y la cantinela de su marido que al poco de casarse la obligó a dejar de pintar. María en ese momento sintió que un cielo sombrío se cernía sobre su vida, que su libertad había terminado y que esta era su última obra, pero gracias a su tozudez, perseverancia y tenacidad logró cambiar el destino que le habían previsto.

Maria Luisa Caterina Cecilia Hadfield nació en Florencia, Italia, en 1760. Su padre, de origen inglés, y su madre, italiana, montaron una posada en Livorno y el éxito de la misma les llevó a abrir dos más en la zona de la Toscana y enriquecerse rápidamente. Sus negocios eran frecuentados por aristócratas y acaudalados por lo que desde pequeña María frecuentó estos círculos.

Los Hadfields tuvieron ocho hijos, de los cuales cuatro fueron asesinados brutalmente por la niñera que los cuidaba y que fue capturada y condenada a cadena perpetua. Al dramático hecho sobrevivieron María, Richard, George y Charlotte. Aquella circunstancia extrema marcó para siempre la vida de María convirtiéndola en una superviviente luchadora.

Desde pequeña María demostró grandes dotes musicales y artísticas. Estudió dibujo, música e idiomas  bajo la tutela de Violante Cerrotti y Johann Zoffany, se dedicó a copiar a los grandes maestros de la Galería de los Uffizzi y por su esfuerzo y calidad del trabajo, fue elegida para ampliar su formación en la Academia de Bellas Artes de Florencia en 1778.

Siendo adolescente falleció su padre, María sucumbida en la tristeza, manifestó un fuerte deseo de tomar los hábitos pero poco tiempo después desestimó la idea. En 1779, teniendo ella 19 años, y transcurridos tres de la muerte de su padre, su madre decidió que se trasladaban a vivir a Inglaterra, estableciéndose en Londres. Allí  conoció a Angélica Kauffmann, también artista y con cierto reconocimiento entre la sociedad inglesa. Angélica  se convirtió en su mentora y la presentó e introdujo en el círculo intelectual londinense del s, XVIII, consiguiendo que en 1781 expusiera mostrando tres obras. “Rinaldo”, “Creusa apareciendo a Eneas” y “Como la paciencia en un momento sonriendo al dolor”, obras inspiradas en temas mitológicos que en aquellos tiempos únicamente trataban los artistas masculinos, quedando las mujeres relegadas a pintar bodegones, floreros, retratos y todo tipo de artes consideradas “menores”. Por ello, María despertó el desconcierto y la admiración, triunfando con  un género que estaba vedado para las mujeres. Con tan solo 21 años, María una joven italiana había triunfado entre la  exquisita élite cultural londinense.

Poco antes de la exposición Angélica Kauffmann presentó a María al pintor Richard Cosway. En  la Inglaterra del XVIII las posibilidades de la mujer eran tres: prostituta asociada al placer, virtuosa casada o solterona dedicada a la caridad. María optó por la segunda desconociendo que el casamiento la llevaba a convertirse en una única persona representada por el hombre.

Richard Cosway era  miembro de la Royal Academy y famoso por sus retratos en miniatura de la aristocracia de Londres, incluida la familia real. Cosway también era coleccionista y conocedor de pinturas, dibujos, esculturas y arte decorativo de Bartolozzi, y sus deberes como pintor principal del Príncipe de Gales incluían la supervisión de la colección real. Richard era poco agraciado físicamente, tenía 42 años y magníficas relaciones sociales; María con tan solo 21 años, preciosa, chispeante y llena de vida era su polo opuesto pero ambas familias acordaron un matrimonio de conveniencia que, le rejuveneciera y diera un hijo a él e introdujera a ella en la clase acomodada. Ese mismo año se casaron.

Los, a partir de entonces  Cosway, vivían en Schomberg House, en Pall Mall, una magnífica mansión que además de ser un hogar servía de galería para Richard exhibir su colección y organizar tertulias y veladas musicales . Los modales italianos de María irritaban al británico de modo que la mantuvo aislada para que los modificara, le obligó a estudiar inglés hasta dominarlo y le prohibió pintar, pues consideraba esa “afición”o “profesión”impropia de una mujer virtuosa, en tanto en cuando,  él era artista. La intentó moldear para convertirla en anfitriona y exquisito ornato en sus fiestas y Salones de dibujos dónde invitaba a toda la aristocracia londinenses de la época. María se convirtió en la “Diosa del Pall-Mall”, entreteniendo a sus invitados con conciertos y recitales, en una mujer objeto y consorte anulada por su marido, un florero en medio de un frívolo salón que le ahogaba.

Libertino, infiel y aficionado al postureo, Richard Coswall pasaba la mayor parte del día, incluso semanas fuera de casa, ella saltándose las prohibiciones de su marido continuaba con sus bocetos, pinturas y composiciones musicales, , que su marido le negaba a exponer o vender.

Pese a los intentos de él por ser parte activa de la élite británica su carácter afeminado, libertino,  la fama que tenía de “comportarse como un mono”, unido a  su ideología próxima a los ideales de la Revolución Francesa, le condujeron a abandonar la Isla Británica para instalarse en 1786 en Paris junto a María.

En la capital francesa María se empoderó con los aires revolucionarios. La frescura parisina le llenó los pulmones. Visitó Versalles, el Louvre, Marly, el retiro de Luis XIV, el Palacio Real, San Germain, la Columna en el Dèsrt de Retz y conoció a Thomas Jefferson que fue posteriormente, entre 1801 y 1809, presidente de Estados Unidos y que había quedado viudo cuatro años atrás.

Jefferson quedó prendado de María y, a su salida de Paris en octubre de 1786 le escribió una carta de amor, fechada el 12 de dicho mes, que forma parte de la vasta colección de su correspondencia, titulada “El diálogo entre mi cabeza y mi corazón” de más de cuatro mil palabras.  Aunque la relación entre ambos no fue romántica ni amorosa lo cierto es que devolvió a María la autoestima,  se volvió a sentir una auténtica mujer y abandonó la idea de servil esposa.

En 1787 pintó un autorretrato en el que revelo su pataleo en el suelo pegajoso al que la habían sometido, su enfado con las prohibiciones de ejercer su profesión y su protesta contra la castración de la mujer por razón de sexo.

María se autorretrató con un espectacular vestido en satén dorado, con corsé y panier que sobresale por los brazos del sillón de terciopelo encarnado  dónde está sentada, Encajes de chantilly rematan cuello y mangas, a la par que volantes y lazos. Sobre los hombros luce un pañuelo rematado con puntilla y festón, y del cuello pende, a modo de collar, una cinta estrecha  de terciopelo negro que parece contener un camafeo o medalla. El abullonamiento de la indumentaria  se complementa con la del cabello, levantado sobre la frente formando un alto tupé y cayendo por debajo, hacia detrás en largos bucles. La pesada peluca está rematada por un gran turbante muy de moda en aquellas fechas. Más que una elegante indumentaria de la época parece un disfraz. Como si la peluca y el turbante hubieran caído del cielo, ella se expresa exasperada. Realmente la obra tiene una doble lectura, una de ellas cómica por la pose de indignación de la artista teniendo que soportar tanto abalorio artificioso. La ridiculez y extravagancia ajena que siente, nos la transmite.

La fastuosidad de las prendas se contrapone con la actitud de la protagonista que, bajo un cielo negro con una tormenta a punto de estallar, se nos presenta joven, solemne, sin ninguna coquetería y frustrada mirándonos seria, enfadada, con los labios fruncidos en señal de disgusto y los brazos cruzados y desprovistos de pinceles, pentagramas o dotes intelectuales. Se nos muestra disgustada ante el marido que no le permite ser una profesional. Una imagen sin proyectos, sin sueños ni entusiasmo, una imagen derrotada al servicio de un esposo machista, déspota y envidioso. Una imagen decidida a decir Basta ya!

Pese a estar casada, Maria Cosway siguió manteniendo correspondencia y relación con Jefferson hasta 1789 habitualmente,  y más esporádicamente desde entonces y hasta la muerte de éste. María quedó embarazada de su hija Luisa Paulina Angélica, pero ya nada le impidió intentar alcanzar sus sueños.  Visitó  el Louvre y copió obras de los grandes maestros, al l entonces afamado pintor francés, J.L. David, le envió un grabado de su pintura alegórica “Las Horas” quien la catalogó de ingeniosa y poética y la introdujo en los círculos artísticos de la capital francesa, recibiendo grandes reconocimientos y encargos.

Aunque la relación entre Richard y María era distante, además de ser conocidas las relaciones extramatrimoniales de éste, la pareja decidió en 1791 regresar a Inglaterra, instalándose en Strattford Place. Aunque con residencia allí, María siguió viajando por todo el continente, cultivando contactos en el mundo del arte. Su hija Luisa Paulina falleció a los 10 años de edad, y la pareja finalmente se separó y el matrimonio fue anulado, siendo ingresado él en varias instituciones a consecuencia de sus trastornos mentales hasta su muerte en 1821.

María realizó muchos retratos por encargo y también fue intermediaria entre personajes de la vida pública y artistas (encargó al artista Francesco de Cossia el primer retrato de Napoleón visto en Inglaterra y  a Trumbull uno de Jefferson  entre otros), también pintó y decoró interiores de iglesias e instituciones y organizaba visitas turísticas para ciudadanos y ciudadanas británicas en Paris.

En 1803, en Lyon, María fundó un colegio para enseñar y formar a niñas. Funcionó hasta 1809. El duque de Lodi, que lo conoció, la invitó a fundar otro en dicha ciudad que se inauguró en 1817  con el nombre de “Collegio delle Grazie” y en el que ejerció viviendo y enseñando hasta su fallecimiento en 1838. En recompensa a su labor a favor de la educación de las niñas, el emperador de Austria Francisco I, en 1834, la nombró baronesa. El colegio sigue en funcionamiento.

En una época dónde había importantes restricciones a la formación de las mujeres María Cosway creó una institución dónde además de buena moral y vida social, las niñas aprendían lengua italiana, caligrafía, aritmética, historia y geografía con la intención de que fueran una aportación para la sociedad.

Han transcurrido más de 200 años desde la reivindicación pictórica de María Cosway  y las mujeres continuamos  siendo  las que  sostenemos  la vida doméstica y el cuidado familiar dedicando, las que trabajamos fuera de casa,  hasta  casi 6 horas diarias más que los hombres a ello; las que no, las 24 horas; las que renunciamos a trabajos o ascensos profesionales.  Nosotras somos las que cocinamos, lavamos, planificamos, hacemos la compra o acompañamos a familiares al centro de salud. Nuestro tiempo circular  se ha convertido en una espiral imposible de llevar, y en los tiempos que corremos sabemos que la gran mayoría de los hombres no están dispuestos a vivir en corresponsabilidad, ni nosotras a renunciar a puestos de trabajo, remuneraciones o seguir trepando para romper el techo de cristal. Nos hemos hartado.

A falta de políticas que nos apoyen las mujeres hemos tenido que buscar soluciones, hemos reaccionado y la única opción posible y eficaz ha resultado ser renunciar a la maternidad o aplazarla. En 2018 el número de hijos está en 1,31 y la media para tener el primero en los 32,1 años. Se trata de las cifras más extremas de la historia y muy por debajo de las europeas. Ello supone una pérdida importante de población y un envejecimiento de la misma.

El suelo pegajoso nos lo quitamos las mujeres de los zapatos si, o si. Con rascador, disolvente o, si es necesario nos descalzamos.  Le pese a quien le pese, el feminismo sigue avanzando y a las mujeres ya no nos van a parar.

EL SUICIDIO DE LA VÍCTIMA DE VIOLENCIA MACHISTA, LAS NO VISIBILIZADAS: ELIZABETH SIDDALL.

 

Cuando John Everet Millais le pidió a Elizabeth Siddall que fuera su modelo para pintar en 1851 el cuadro que tituló “Ofelia” y que hoy se encuentra en la Tate Britain de Londres, parece que predijo su futuro. Ofelia, personaje ficticio de la obra que William Shakespeare escribió hacia el 1600 con el título  “Hamlet”,  era una joven noble danesa hija de Polonio, hermana de Laertes y enamorada del protagonista de la obra.

ofelia millaisSu nombre, procedente del griego y cuyo significado es “la que socorre o ayuda”, representa en la obra literaria el paradigma de la mujer insegura, inestable, carente de voluntad, dependiente y frágil emocionalmente en las manos de un hombre. Ofelia es la constante manipulada que nunca pone resistencia a las voluntades de los personajes masculinos que marcan su vida. Necesita un guía y su felicidad se halla en complacer a los demás olvidándose de ella misma, lo que le llevará a un trágico final que es el suicidio, y que se narra en el cuarto acto de la obra, cuando ella ya inmersa en su locura subida a un sauce canta e intenta ornamentarlo, cayendo y precipitándose a la deriva del río.

En un óleo sobre lienzo de 76,2 x 111,8 cm., Millais recoge el momento en que ella, muerta, flota en el agua  rodeada de un buen número de flores cada una con un significado simbólico: recuerdos, dolor de amor, inocencia y desesperación.

Millais, siguiendo los principios centrales del Prerrafaelismo y la fidelidad a la naturaleza, trabajaba hasta 11 horas diarias en esta obra, las mismas que la modelo pasaba sumergida en una bañera vestida,  en invierno y cuyas aguas se trataban de entibiar con unas velas colocadas bajo la tina. Muchas veces las velas se apagaban y el agua quedaba helada. Ella siguió posando hasta enfermar gravemente de neumonía, motivo por el cual el padre de Elizabeth denunció a Millais obligándole a pagar los gastos médicos.
Elizabeth Eleanor Siddall nació en Londres el 25 de julio de 1828 y falleció en la misma ciudad el 11 de febrero de 1862, suicidándose a los 33 años.

Su madre, Eleanor Evans, casada con Charles Crooke Siddall, ayudaba a éste en un pequeño negocio que poseían y en el cuál el Sr. Siddall presumía de descender de una familia noble. Familiarmente la llamaban Lizzie.

Lizzie, nació en plena época victoriana (1837-1901), exacerbada de moralismos y disciplina, con rígidos prejuicios y severas interdicciones y dónde los varones dominaban tanto la escena pública como la privada, mientras las mujeres quedaban recluidas al sometimiento y cuidado de los hijos. El ahorro, el afán de trabajo, los deberes de la fe y el descanso dominical eran valores de gran importancia. En ese puritanismo, la castidad era una virtud vital y la insatisfacción femenina tratada como un desorden de ansiedad, como una enfermedad que era tratada con fármacos y psicoanálisis.

Aunque Lizzie no acudió a la escuela, su madre le enseño a leer y escribir, desarrollando desde pequeña una gran pasión por la poesía. A los 20 años y para percibir ingresos empezó a trabajar como modista de sombreros en una tienda en Londres, tarea que compatibilizaba con la escritura que también le proporcionaba ganancias.

Alejada de los cánones de belleza del momento, era llamativamente alta y delgada y su pelo cobrizo inusual llamaba la atención. En la tienda donde trabajaba fue descubierta por Walter Howell Deverell, uno de los fundadores de la Hermandad Prerrafaelista quien, embaucado por su peculiar belleza no dudó en presentarla a Millais y Rossetti que la convirtieron en su musa.

Sus orígenes humildes, Lizzie los solapaba con dulzura y aparente dignidad que en realidad escondían una falta de autoestima, vulnerabilidad y fragilidad que expresaba en versos llenos de amor, desamor, pasión, ternura y tragedia revelando una tristeza interior, opaca y eterna de la que abusó hasta destruir Dante Gabriel Rossetti, a quien conoció en 1853 cuando tenía 25 años.

Convencida por éste para convertirse en su musa exclusiva, Lizzie abandonó el trabajo en la sombrerería y se mudó a vivir con él, de familia acomodada y erudita. Su familia la rechazó y jamás vio con buenos ojos la relación. La fuerte personalidad de él sumada  a su fragilidad la aislaron perdiendo ella contacto con su familia. Recluida todo el día en la casa, él a la par que la utilizaba como modelo la enseño a pintar, despreciando su labor de poetisa. Rossetti le cambió el apellido y la llamó Sidal en vez de Siddall. Pronto empezaron las infidelidades y, por la oposición de la familia de él en varias ocasiones se pospuso el matrimonio. Lizzie  a consecuencia de los desprecios,  cada día estaba más delgada, anoréxica, enferma. A escondidas seguía escribiendo poemas cuyos títulos eran “Amor muerto”, “El paso del amor”, “Perdidos”, “Amor y odio” y “Agotada”, entre otros. Pese a su aspecto cada día más deteriorado Rossetti en sus obras la idealizaba ocultando la grave situación.

A diferencia de él, y con grandes dotes para la pintura, Lizzie se representaba a sí misma como un ser opaco, triste y oscuro, como un juguete roto en manos de la indiferencia que le rodeaba y de una relación tormentosa que la minaba. Años después el crítico de arte John Ruskin compró todas sus obras entre ellas óleos, acuarelas y bocetos inspirados en temas medievales idealizados.

Finalmente Siddall y Rossetti, un miércoles 23 de mayo de 1960,  se casaron en la iglesia de Saint Clement en la ciudad costera de Hastings.  No hubo familiares ni amigos presentes, y actuaron como testigos solo un par de personas encontradas en la ciudad.  Su salud era tan precaria que, pese a vivir a cinco minutos caminando hasta la iglesia, tuvo que ser ayudada para llegar.  La tristeza y la ansiedad por la situación vivida  agravaban  su estado, y ella para sobreponerse empezó a consumir láudano hasta convertirse en adicta. En 1861 quedó embarazada, pero dio a luz una niña prematura muerta, lo que le provocó una depresión posparto. La maternidad en aquellos tiempos, era uno de los motivos de la existencia de la mujer. El no poderlo cumplir la hundió más.

A finales de año había vuelto a quedarse embarazada, pero a los tres meses, en febrero de 1863, terminó suicidándose con una sobredosis de láudano. Rossetti ordenó quemarla, ya que el suicidio entonces era inmoral, ilegal y  habría traído el escándalo a su familia e impedido su entierro en un cementerio.

Antes de ser enterrada  Rossetti escondió junto a ella en el ataúd un cuaderno con la única copia de sus poemas inéditos y escondidos. En los años siguientes, Rossetti empezó a obsesionarse con desenterrar su poesía y publicarla. Finalmente, él y su agente literario Charles Augustus Howell consiguieron un permiso de exhumación en 1869 para poder recuperar el cuaderno. Rossetti no se atrevió a estar presente y Howell lo rescató. Varios poemas estaban casi ilegibles, con las hojas roídas por los gusanos. A pesar de ello, los publicó en 1870.

 

 

Elizabeth Siddall fue poetisa y pintora en una época y circunstancias en las que de una mujer se esperaba lo contrario de lo que era ella y un hombre que jamás la reconoció como compañera, sino como una posesión a la que jamás prestó atención ni amor pero que impidió se realizase como mujer hasta llevarla al suicidio, otra forma de asesinato por violencia machista no visibilizada y cuya raíz es el maltrato psicológico.

Ha pasado más de un siglo y la muerte por suicidio continúa ocultándose, así como no relacionándose con la violencia machista. Anualmente en España, y como consecuencia de agresiones físicas son asesinadas entre 60 y 80 mujeres víctimas de violencia de género, sin embargo el maltrato y la violencia psicológica que provoca problemas físicos y mentales y en muchos casos terminan en suicidio son cifras que se ocultan.

Se calcula que el maltrato es la causa del 25% de los intentos de suicidio en todas las mujeres, lo que sumaría a las cifras oficiales entre 200 y 250 mujeres más que han perdido la vida a consecuencia de la violencia de género. Son víctimas no visiblizadas. Si es una circunstancia extrema que una mujer sea asesinada a manos de su pareja o ex pareja, no lo es menos que durante años y a consecuencia de las vejaciones, los insultos, desprecios y tortura psicológica, no encuentre otra solución que quitarse la vida.

La vida al lado de un maltratador discurre con miedos, fatiga, estrés, desordenes en el sueño, dependencia y un estado de alerta continuo, lo que inevitablemente supone disfunciones psicológicas importantes difíciles de demostrar  en el sistema sanitario y/o judicial. Siendo ello producto de hechos continuados, frecuentes, en escalada y en círculo. Las mujeres víctimas continúan sometidas muchas veces incluso no siendo conscientes de la situación que viven y culpabilizándose a sí mismas, puesto que son víctimas del sometimiento.

La cultura del “tienes que aguantar”, “calladita estás más guapa” o “es que ella es de alivio” propicia que las mujeres permanezcan en esas relaciones dañinas además de la falta de alternativas, el temor a la desaprobación social y el pánico a perder a sus hijos. Los asesinatos machistas se producen cuando la mujer decide finalizar la relación, hasta entonces persiste el maltrato psicológico.

Anulada psíquicamente, debilitada físicamente y aislada de su entorno la mujer pierde progresivamente la credibilidad y sus dolencias son diagnosticadas como depresión, ansiedad, falta de autoestima o histeria, todo salvo indagar en su realidad y comprender las causas de su situación. Así y por tanto, ante la incomprensión y la culpabilización son mayores los casos de suicidio que de asesinato puesto que por la falta de apoyos y recursos la salida del maltrato las mujeres la contemplan más eficaz a través del suicidio que de la denuncia.

Ansiolíticos, analgésicos y tranquilizantes forman parte de la dieta diaria de una mujer víctima de malos tratos, puesto que una forma de sobrellevar la situación. No es de extrañar por tanto que acudan a la sobredosis de estos fármacos para terminar con sus vidas, unas vidas aparentemente suicidas pero derivadas de un asesinato directo.

Por tener mayores dificultades para abandonar la relación, percibir que el maltratador jamás desaparecerá de sus vidas o por el deterioro psicológico y social vivido son más numerosas las mujeres que se suicidan con hijos que las que no los tienen.

Las cifras de mujeres víctimas de violencia de género no pueden darse únicamente en función de los asesinatos físicos, hay muertes lentas, silenciosas y agónicas que forman parte del feminicidio, unas y otras son el resultado del dominio ejercido por el hombre sobre la mujer y a ambas situaciones hay que darles eco y poner recursos que prevengan e impidan estos dramáticos finales.

LA MUJER “COMPAÑERA DEVOTA HASTA EL SACRIFICIO EXTREMO”: JEANNE HÉBUTERNE, LA ESPOSA DE MODIGLIANI.

 

Tan importante como visibilizar las aportaciones de las mujeres a la cultura es, a mi entender, dar a conocer el nombre de aquellas que no pudieron hacerlo porque el machismo cosificó sus figuras de artistas y solo les permitió ser musas. En unas y en otras hay arte, la diferencia es la conversión en un estereotipo de belleza, la negación de sus capacidades intelectuales y el sometimiento a las necesidades del patriarcado.

Jeanne Hèbuterne

Mujeres llenas de fuego, inteligencia y pasión que estando cumpliendo sus sueños tuvieron que abandonarlos para ser protagonistas del único espacio en el que se permite vivir a las mujeres, el doméstico, el de los cuidados, el de consorte y musa, el de mujer creada a los caprichos del ajeno, el de reina o ángel de un hogar claustrofóbico, inerte y servil, el de sacrificada y abnegada hasta el extremo.

Mujeres creadoras, con  especiales cualidades para sentir, pensar. Habilidosas con lienzos y pinceles, con pluma y papel, con cincel y mármol, pero anuladas por la “genialidad” del compañero, por la desviación cultural de convertirlas en sombras de su vida, en mujeres objeto.

Mujeres hipersensibles cuyas aportaciones debieran haber enriquecido nuestra cultura, nuestras artes y poesías pero cuyas figuras fueron anuladas sencillamente por ser mujeres.

Tal es el caso de Jeanne Hèbuterne,  mujer pintora prolífica, cuyas  producciones quedaron eclipsadas en lidias de amor y peleas diabólicas para ceder ante el protagonismo de su cónyuge, Amedeo Modigliani. Artista  que pasó de ser rebelde sobresaliente a musa abusiva del compañero, abandonando su genialidad para rendir pleitesía a su dios. Su vida discurrió en una agónica evolución que la llevó a la abnegación y el sometimiento, a la destrucción por la tortuosidad de la relación, al aislacionismo, la dependencia, la mitificación de un inexistente amor romántico cuyo final fue la depresión, enajenación y suicidio. Una triste vida de la que debemos aprender, una dramática existencia presa de la amargura del desamor.

Los excesos de él, su existencia fatal y su tomentosa vida tornaron en sufrimiento continuo la vida de Jeanne,  que vivía estando muerta hasta sucumbir a la desesperación y hallar solo refugio en la muerte que la liberó.

Hasta conocerla a ella, y pese  a los conocidos escarceos, Modigliani no se habían enamorado, no había sentido la intensidad del verdadero amor y  lo descubrió convirtiendo a esta mujer primero en su musa, modelo, amante y poco después cuidadoras y sufriente desesperada.

Jeanne Hèbuterne nació el 6 de abril de 1898 en Meaux, Seine-et-Marne, en Francia. Hija de una familia sencilla, austera, católica y trabajadora (su padre trabajaba como contable en una mercería del centro comercial de la ciudad), por sus dotes artísticas accedió a la Academia Calarossi, dónde conoció a Amedeo Modigliani, 14 años mayor que ella, con fama de depravado, carismático, alcohólico, extravagante  y del que se enamoró. Ella tenía 19 años, él 33.

Jeanne era, según su biógrafa Patrice Chaplin, una joven amable, tímida y tranquila. Su pintura fresca, colorida y de firmes trazos era muy apreciada por el círculo de artistas de la época. También le gustaba la música, tocaba el violín y creaba diseños de ropa con influencias orientales. Vestía con exóticos turbantes, capa marrón u botas altas. Una mujer menuda que no daba la impresión de ser menuda.

Pese a la oposición de su familia Jeanne, sucumbida por la excentricidad de Modigliani, decidió en 1918 (con 20 años ella y 34 él) ir a vivir junto al artista a Niza, motivo por el cual la familia de ella decidió cortarle su asignación económica. Se convirtió en su musa, cuyos espléndidos retratos actualmente son de los más cotizados en el mercado del arte. Una obra personalísima, alejada de las corrientes artísticas de la época y centrada en retratos, la mayoría desnudos, sencillos, delicados compositivamente tanto en las formas como en los colores y utilizando un canon alargado que representa rostros ovales y cuellos estilizados. Sus figuras planas eran las protagonistas, los fondos neutros las resaltaban. La obsesión por Jeanne le llevaba a idealizar su imagen, a que su verdadera presencia fuera ausente en sus retratos, a retratarla obviando la amarga realidad que ella vivía presa de la pobreza, vicios, adicciones y mal carácter del artista. Mientras tanto ella, que seguía pintando se autorretrataba triste, oscura, decaída, enferma, depresiva. Una misma mujer y dos caras de una moneda, la de la realidad y la de la fantasía.

Sin que nadie valorase su obra y por lo tanto sin ingresos económicos, Modigliani cada vez se refugiaba más en el alcohol, a lo que sumada su vida bohemia y falta de higiene y cuidado en noviembre de 1918, a consecuencia de su avanzada tuberculosis, tuvo que ser ingresado en una clínica. En esas mismas fechas Jeanne parió a su primera hija a la que tuvo que entregar a una institución por falta de recursos, le puso su mismo nombre.

El estado de salud de Modigliani se agravaba cada día más hasta morir en enero de 1920 de meningitis tuberculosa. Él tenía 35 años, ella 21 y estaba embarazada de 9 meses. Ella, inmediatamente y al término del entierro, acudió al apartamento de su padre y su madre y desde su antigua habitación, en un quinto piso, saltó reventando su cuerpo contra el asfalto.

A Modigliani le enterraron como un príncipe, tras un cortejo fúnebre formado por toda la comunidad de artistas que acompañaron el féretro por las calles de Paris hasta llegar al cementerio de Père- Lachaise. A Jeanne Hèbuterne, en la más absoluta vergüenza y secreto,  su familia le dio sepultura en el cementerio de Bagneux.

A la muerte de Jeanne, la primera hija fue entregada a la hermana de Modigliani, quien la crió en Florencia.

En 1930, diez años después de la muerte de ambos, Emannuele Modigliani, el hermano mayor del pintor, convenció a la familia Hèbuterne para trasladar los restos de Jeanne junto a los de Modigliani. Desde entonces reposan juntos bajo el epitafio “Compañera devota hasta el sacrificio extremo”

Las obras de Jeanne permanecieron en el olvido hasta que un experto en arte, apoyado por la hija de ellos,  decidió darles acceso público. En el 2000 sus pinturas se presentaron en Venecia en la Fundación Giorgio Cini.

Jeanne Hèbuterne, como tantas mujeres, sacrificaron y sacrifican sus vidas personales, laborales y profesionales sometidas al protagonismo y genio masculino que, además de invisibilizarlas las mata

“ANÓNIMAS” DE PATRICIA SUÁREZ

 

Actualmente estamos viviendo una dramática situación de violencia tanto en América Latina como a nivel global. Sus caras son múltiples: altas tasas de homicidios, tráfico de patricia suarez exposiciondrogas, de órganos, de personas, feminicidios, pandillerismos, violaciones, secuestros y masacres. Es el resultado de la cultura patriarcal, del concepto de “poder” y mandato de uno o una sobre otro u otra y cuyas tesis,  androcentricas,   ya se plantearon  en el siglo XX por Weber, Freud y Kelsen.  Sus  huellas se hacen sentir hasta hoy.

En este contexto de capitalismo moderno, discriminatorio y desequilibrado, afortunadamente en las últimas décadas, han surgido nuevas formas de expresión y manifestación,  a la vez que heterogéneas,  dónde los elementos se conectan de forma aleatoria persiguiendo un fin colectivo común.

En esta línea no jerárquica, abierta e interconectada presenta Patricia Suárez, en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, en Bogotá, la Serie “Anónimas”, una colección resultante de cuatro años de trabajo y compuesta por 50 rostros femeninos.

La poetisa, ensayista y pintora colombiana cabalga entre América, Europa y África, entre Colombia, Estados Unidos y Cuba, entre España y los países escandinavos, por el norte del continente africano,  hallando inspiración en cada puerto que arriba. Patricia Suárez nos deleita con esta colección, fruto de su experiencia y formación, rindiendo un profundo homenaje a las mujeres del pasado, del presente y del futuro.

Patricia Suarez presentación“Anónimas” representa la descentralización, el estímulo, la facilitación, la negociación, persuasión y empatía, el colectivo frente a la individualidad, la sororidad de 50 mujeres que exhiben sus rostros impotentes, carentes y en soledad para, unidas, superar vacios y transcender a la vida y a la muerte.

En cada uno de los lienzos de Patricia Suárez una mujer puede encontrarse a sí misma, o reencontrarse, retroalimentarse y desarrollar patrones nuevos. Cada hombre, descubrir el valor real de la mujer. Transgresoras, diversas, intergeneracionales, multiculturales, polifacéticas, son el espejo de cada una de nosotras, de nuestras madres, hijas, malqueridas o amadas.

Obviando estereotipos y roles de género, la autora de “Anónimas” invisibiliza  la vulnerabilidad y fragilidad que histórica y pictóricamente ha acompañado a las mujeres, pero sin renunciar a expresar la angustia, la serenidad, el tormento, la calma, la desesperación o la certidumbre. Las mujeres de esta colección  invitan al espectador a coexistir con su empoderada realidad.

Los rostros de Patricia Suárez cautivan por su sencillez y, perfilados con una línea segura,  proporcionan sorprendentes contrastes coloristas en los que se adivinan influencias de grandes maestros de la pintura occidental desde el impresionismo al expresionismo,  pasando por el fauvismo y el surrealismo. La elegancia de Modigliani, la magia de Magritte, la planimetría de Picasso y la audacia de Gauguin se mestizan con la fuerza de Alejandro Obregón y el esquematismo  de Fernando Botero amalgamado todo ello en el costumbrismo colombiano.

Siguiendo con los hilos con los que empezó su carrera artística, creando tapices y bordados figurativos, Patricia Suárez, delimita los bordes de su obra conectando el arte femenino más tradicional con el más actual.

Cada faz evoca un sentimiento que, acompañado por su conmocionada poesía despliega pesares, afectos, pasiones y realidades cotidianas. Los rostros expuestos tienen rotundez individual pero en colección claman sororidad entre mujeres equivalentes, consonantes y  homólogas por razón de sexo a la par que contendientes, perseverantes y enérgicas frente a las violencias machistas.

La artista colombiana, cuya obra se expondrá próximamente en Marruecos, da plasticidad a dificultades, dolores y alegrías de vivir y lo consigue inhalando las expresiones y los gestos del alma de las mujeres.

50 rostros, 50 anónimas, mil  formas de sentir y pensar convergen bajo el prisma de la artista Patricia Suárez que, con sus mujeres, testimonia el universo feminista, el cosmos del equilibrio y la igualdad entre hombres y mujeres.

 JENNY EUGENIA NYSTROM CREADORA DE LA ICONOGRAFÍA NÓRDICA NAVIDEÑA

 

En la mitología nórdica, asociada al solsticio de invierno y a la temporada navideña existe una figura que dependiendo de países se llama Nisse, Tomte o Tonttu. Se trata de un hombre de no más de 90 cm., con una larga barba blanca y una gorra cónica o de punto rojo o algún color brillante. Su apariencia es similar a los gnomos del jardín.

Jenny Nystrom 1Se trata de un culto ancestral antiguo que se asociaba a un granjero que despejaba el bosque para construirse una granja y que, vecino del resto de granjeros, actuaba como su guardián, protegiendo a las familias, a los animales y ahuyentando las desgracias. Eran expertos en ilusiones y con la capacidad de hacerse invisibles. Sus orejas puntiagudas y ojos que reflectaban en la oscuridad espantaban los males. En agradecimiento a su protección los granjeros en navidad le regalaban un plato de papilla.

Durante y después de la cristianización de Escandinavia a Nisse se le consideró pagano, se demonizó y asoció a poner en riesgo el alma y crear problemas entre los vecinos.

A mediados del siglo XIX se recuperó el mito. En Suecia bajo el nombre de Julenisse (Yule Nisse)  y acompañado por otra criatura mitológica que era la cabra Yule, se reavivó la creencia de que ambos, la víspera de navidad, golpeaban las puertas de las casas y repartían regalos. Una creencia que evolucionó en la tradición de Papa Noel.

En 1881, la revista sueca Ny Illustrerad Tidning publicó el poema “Tomten” de Viktor Rydberg , donde el tomte está solo despierto en la fría noche de Navidad, reflexionando sobre los misterios de la vida y la muerte. Este poema presentó la primera pintura de Jenny Nyström de este personaje mítico tradicional sueco que convirtió en la figura simpática de barba blanca y gorra roja asociada con la Navidad desde entonces.

Jenny Eugenia Nyström nació en junio de 1854 en Kalmar, Suecia y falleció en 1946 en Estocolmo. Fué una pintora e ilustradora conocida principalmente como la persona que creó la imagen sueca del jultomte en numerosas tarjetas navideñas y portadas de revistas, vinculando así la versión sueca de Santa Claus para los gnomos del folclore escandinavo

Jenny Nystrom 2Su padre era maestro de escuela y profesor de piano, y también el cantor de la iglesia del castillo de Kalmar . Cuando Jenny Nyström tenía ocho años, la familia se mudó a Gotemburgo , donde su padre había encontrado un trabajo docente mejor pagado.

En 1865 comenzó en la escuela de arte de Gothenburg Göteborgs Musei-, Ritkoch Målarskola, hoy conocida como Konsthögskolan Valand , y en 1873 fue admitida en la Real Academia Sueca de las Artes en Estocolmo , donde estudió durante ocho años. Gracias a una beca, esto fue seguido por estudios en París 1882-1886, en Académie Colarossi y Académie Julian .

Mientras estuvo en París, descubrió el floreciente mercado de postales y trató de persuadir a la editorial sueca Bonnier para que comenzara a producir postales, pero declinaron. Lille Viggs äventyr på julafton (“Las pequeñas aventuras de Vigg en Nochebuena”), escrita por el autor Viktor Rydberg inspiró a Jenny Nyström. Ella hizo dibujos acompañando este cuento. Viktor Rydberg los vio y sugirió a la editorial de Bonniers que publicara el libro. Después de que declinaran, el editor SA Hedlund lo lanzó en 1871. El corto cuento de Navidad para todas las edades fue ampliamente impreso y desde entonces se ha convertido en un clásico navideño en Suecia. Jenny Nyström finalmente se convirtió en el pintor e ilustrador más productivo de Suecia.Durante muchos años, sus ilustraciones fueron distribuidas por Strålin & Persson AB en Falun .

En 1887, a la edad de 33 años, se casó con el estudiante de medicina Daniel Stoopendaal (1853-1927), hermano de sus colegas artistas Henrik Wilhelm Johan Stoopendaal (1846 – 1906), Ferdinand Jacob Stoopendaal (1850-) y Georg Vilhelm Stoopendaal (1866- 1953). Debido a la tuberculosis, Daniel nunca pudo terminar sus estudios y retomar su profesión. En cambio, le correspondía a Jenny mantenerse a sí misma, a su esposo y a su hijo a través de su arte, mientras Daniel manejaba sus asuntos de negocios. Él murió en 1927.

En 1933, su hijo, Curt Nyström Stoopendahl (1893-1965), siguió sus pasos y también se convirtió en una popular postal y artista afiche, manteniéndose muy cerca del estilo artístico de su madre. Incluso su firma, “Curt Nyström”, se parecía a la de su madre. Del mismo modo, su cuñado, Georg Stoopendaal, ya a principios del siglo XIX encontró que las postales eran una buena fuente de ingresos, a diferencia de sus pinturas más serias, y sus tarjetas de Navidad también están claramente inspiradas en las de Jenny Nyström